OPINIÓN

La otra pandemia

Actualizado el 22/01/21 a las 18:29

Alejandra Ayllón

Psicóloga con formación en perspectiva de género e inteligencia emocional. Participante en el Programa Fedra 2020.

El año 2020 ha sido, sin duda, un giro de los acontecimientos en nuestra historia que ninguna esperábamos. Lo que también podemos asegurar es que de esta pandemia ha puesto en relieve la otra pandemia silenciosa: la desigualdad que sufrimos las mujeres. Los cuerpos de seguridad informaban cada día de las bajas tasas de criminalidad. Sin embargo, la única violencia que no se ha detenido es la violencia de género. El 20 de Marzo, tras apenas una semana de confinamiento domiciliario, una mujer era asesinada en Castellón. Además, el 016 recibió un 47,3% más de llamadas en abril que en el mismo periodo del año 2019. Incluso comparándolo con el mes de marzo de este mismo año, encontramos un aumento del 48% de las llamadas. Por último, el Instituto de la mujer de Andalucía revela que 44 mujeres y 47 respectivos menores a su cargo han tenido que hacer uso de sus recursos de acogida durante el confinamiento. En Madrid, las plazas en centros de acogidas se agotaron en el mes de abril. 

Un estudio de la universidad de Columbia, liderado por Terry McGovern, resalta que en las emergencias humanitarias, se acentúa la desigualdad de las mujeres. La autora principal apuntaba que «las normas y los roles de género que relegan a las mujeres al ámbito del trabajo doméstico las sitúan en primera línea en tiempos de crisis, lo que supone un mayor riesgo de exposición; en cambio, se las excluye cuando se desarrollan respuestas de actuación». Para poder entender esta afirmación debemos diferenciar qué es el trabajo productivo frente al trabajo reproductivo. El trabajo productivo, es aquel mediante el cual se produce capital y está remunerado. Los servicios sanitarios y de limpieza, dos sectores feminizados, han sido clave para poder cuidarnos en esta pandemia, especialmente en aquellos meses más críticos. Si bien a las mujeres dedicadas a la sanidad sí que se les reconoció mediante el Premio Princesa de Asturias de la Concordia, no fue así con las limpiadoras. Ello implica que aún en el trabajo productivo somos invisibilizadas, incluso perteneciendo a servicios esenciales. 

Respecto al trabajo reproductivo, serían aquellas tareas destinadas a los cuidados, tanto del hogar como el de las personas que viven en él. Por tanto, se suele reducir al ámbito privado, no se remunera y está invisibilizado. Seguro que si le preguntas a una mujer que se ocupa del trabajo reproductivo a qué se dedica, te dirá que no trabaja. Sin embargo, exige una dedicación de 24 horas al día y 7 días a la semana. Esta carga de trabajo reproductivo se vio acentuado durante el confinamiento, ya que las cuidadores formales (profesoras, niñeras, etc.) no eran accesibles. Muchas mujeres relataban sentirse desbordadas al tener que asumir el rol de madre, profesora, monitora de ocio y trabajadora. A raíz de ello, una amiga me comentaba que se empezó a premiar con una cerveza tras conseguir sobrevivir al día. Lo que empezó como una celebración, se convirtió en rutina, viendo incrementado notablemente su consumo de alcohol, pero ¿se trata esto de una excepción? La Universidad del País Vasco realizó un informe de investigación denominado “Las consecuencias de la COVID-19 y el confinamiento” . En él se destaca que se ha producido un aumento en el consumo de psicofármacos tanto en hombres como en mujeres, pero que en éstas últimas el incremento había sido de un 15,4% frente al 7,6% en ellos. Además, respecto al consumo de tabaco también encontramos diferencias. Mientras que el 16% habían experimentado un mayor consumo de tabaco, en las mujeres esta cifra aumentaba hasta el 25%.

 

Existen distintas razones por las cuales este consumo es diferente en mujeres y hombres. En primer lugar, como comentaba previamente, el aumento en la carga de trabajo reproductivo. Vivimos en un país donde el consumo de sustancias está vinculado a lo festivo y social, por lo que durante estos meses de confinamiento sirvió como afrontamiento a muchas mujeres. La segunda razón es porque, mucho antes de esta pandemia, los patrones de consumo ya eran distintos entre géneros. El consumo de las mujeres predomina en el ámbito privado porque históricamente ha sido castigado de forma pública. Por ejemplo, ¿cuántas mujeres recuerdas bebiendo solas en una barra de algún bar? Por último, las mujeres son las principales consumidoras de psicofármacos, por lo que su accesibilidad no se vio afectada al tratarse de drogas legales. Combinando estas tres razones, podemos llegar a entender por qué se ha producido una diferenciación en el consumo de sustancias. 

 

Para finalizar, me gustaría recordar que el primer fallecimiento en los servicios sanitarios fue una mujer, Encarni. Esto encaja con los datos proporcionados por María Teresa Ruiz Cantero, catedrática en Medicina Preventiva y Salud Pública. Según los cuales, las tres razones principales por las cuales las mujeres tenemos un mayor riesgo de contraer coronavirus son las siguientes: 1) feminización de los servicios sanitarios, 2) la carga de cuidados y 3) una mayor presencia de mujeres en geriátricos. Todo ello pone de relieve la urgencia de una formación con perspectiva de género, tanto en ámbito sanitario como en el político. Desde los servicios de salud, trabajando en la prevención, detección y evaluación de las diferentes patologías con enfoque de género, para su adecuado tratamiento. Mientras que desde el ámbito político, se deben diseñar políticas que no sólo nos incluyan, sino que reparen todo el daño acumulado. 

Esta pandemia ha supuesto grandes pérdidas a nivel personal y profesional para la gran mayoría. Pero también puede ser una oportunidad para empezar a trabajar con perspectiva de género, siendo esta transversal a toda cuestión biológica, psicológica, económica y social. Si estamos en primera línea, ¿por qué no también en primer plano?

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