Situados en los márgenes del tiempo, cuando el ayer es más ayer que nunca, y el hoy se vive como si estuviéramos arrastrando una gabarra por la ría de Bilbao, surgen noticias que, en otro momento, no pasarían de un cintillo en la página 23 de cualquier periódico de provincias. En este caso no era así. En portada, a cuatro columnas incluida la fotografía, se anunciaba el descubrimiento de un planeta del tamaño de la Tierra. Su enunciado, escrito con la pasión que a más de uno nos recordaría a Orson Welles y su “Guerra de los Mundos”, se abría paso con la tinta aún fresca de los tabloides entre las noticias de esa mañana gris de un mes de noviembre al que todos hubiéramos querido apuñalar: “El nuevo planeta se mueve con la exactitud de un reloj y orbita cada 3,14 días, por eso decidieron llamarlo PI Earth, afirma su descubridor, un estudiante del MIT de Massachusetts y autor principal de la investigación. Todavía sabemos muy poco del planeta, señala el joven Niraula, pero en el futuro podremos encontrar planetas más pequeños, incluso tan pequeños como Marte, y confiamos en que en menos de cincuenta años la vida inteligente sea una realidad”. Junto a la noticia también aparecía otra mucho más impactante: la creación de un Ministerio de Asuntos del Espacio Ultraterrestre en Nicaragua, bajo la dirección de Facundo Ortega, uno de los ocho hijos del presidente y sátrapa de la República, Daniel Ortega. ¿Será ésta la vida inteligente que nos anunciaban?

Estamos hablando de una noticia, una simple noticia que nos descubre la simplicidad del discurso amorfo de muchos de los medios, la decisión última de un director incapaz de distinguir entre lo real y lo simbólico, aunque esto último esté trufado de una ideología tan liberal como la silla de su despacho. Y todo ello se destila y se agita, apto para el consumo de diletantes, cuando la pandemia ya había desbordado las UCIS de los hospitales y los fallecidos en las residencias superaban los 46.000.

Nadie se puede enfrentar a esas imágenes donde los muertos yacían en las calles de Guayaquil o Tegucigalpa, cuyo olor se mezclaba con la humedad y el polvo de las calles, o los enterramientos clandestinos, a menos de dos metros bajo tierra, de miles de personas que vaciaron las favelas, rezando al dios de los cristianos para que les librara del pecado de ser pobres, del dolor y de la miseria. No pensemos que existen varios mundos, y que el nuestro es el más cómodo. No es cierto. El mundo siempre es el mismo, lo único que cambia es la gente que vive en ellos. ¿Qué diferencia a un pobre de Quito o de Nairobi, de uno del suburbio de Duisburgo en Berlín? En todos ellos vamos a ver cómo la basura se acumula en las aceras y los edificios se caen a trozos. Viviendas vacías, locales abandonados, con una tasa de paro que ronda el 72% de la población activa. ¿Riesgo de pobreza? En España, por ejemplo, cerca de 10 millones de personas se sitúan en ese perfil, y entre ellas un 38% son jóvenes entre 16 y 28 años. ¿En qué mundo se situarían estas personas? En Europa, un total de 82 millones de personas (el 17% de la población de la UE) vive en la pobreza, y otros 35, con los efectos de la pandemia, pasarán a formar parte de esa masa de exclusión social; la mayoría de ellas serán mujeres.

Entonces, ¿de qué estamos hablando? Eso sí, las historias (como diría Eduardo Galeano) siempre acaban pateadas por la realidad más cercana. Curiosas las afinidades de los hechos, los paralelismos de los enunciados, las lecturas que huyen del azar porque nada, absolutamente nada es casualidad. Así, en menos de una semana de ese mismo mes de noviembre, el Ibex 35 había subido un 13,5%, capitalizando las ganancias los seis grandes Bancos (entre un 20 y un 30%), la operadora IAG o el grupo hotelero Meliá con un 40% más de su valor inicial. Y todo esto ocurría en medio de una pandemia, con cientos de pequeñas y medianas empresas con todo su capital humano en ERTE, con los aviones encerrados en sus hangares y los hoteles sin más huéspedes que las cucarachas.

No hace falta acudir a Shakespeare para saber que “algo huele mal”. El miedo se ha vuelto a convertir en el mensaje y pararlo, aunque sea a golpe de tweet, resulta de lo más esperpéntico. La pandemia nos ha mostrado, entre otras cosas, que no hacía falta comprobar la efectividad de una vacuna para aumentar en miles de millones de euros las cotizaciones de los principales actores. A lo largo de los últimos veinte años, la industria farmacéutica ha logrado crear más de doscientos grupos de capital riesgo (los llamados business angel), que han fagocitado un tercio de la economía mundial, con operaciones tanto en la industria del armamento y la defensa, como Loocked o Boeing, como en las tecnológicas o en la industria del ocio. Benchmark, Sequioa Capital, Propel, son los dueños de Uber, Spotify, HBO y deciden, bajo la sombra de sus hombres de paja, cualquier movimiento que pudiera romper su hegemonía en las bolsas de Nueva York, Frankfurt, Hong Kong o Londres. De hecho, algunas de estas Bolsas ya operan bajo las marcas de Euronext, ICE, Nasdaq.

Pero detrás del miedo que propala la pandemia la especulación se convierte en el motor de la economía del sistema. Los accionistas de compañías como Pfizer, Janssen o AstraZeneca, se han repartido 21.600 millones de euros, lo que equivaldría, por costes, vacunar a 1.300 millones de personas. Es decir, la población de un continente como África.
Curiosamente, las vacunas que se producen bajo estas marcas, se han obtenido gracias a las aportaciones de los sectores públicos, con la ayuda de Universidades y Centros de Investigación de medio mundo, que en el caso de Astra Zeneca o de Moderna, supera el 70% de su inversión inicial. A todas luces, con estos datos, resulta indigno pensar que una de cada cuatro personas se ha vacunado en los países ricos, pero solo una de cada 500 lo ha podido hacer en los países más pobres. Sin medios logísticos, sin hospitales, sin personal sanitario, sin medidas básicas de higiene, con millones de seres que se agolpan en las fronteras de Siria y el Yemen, en el Líbano, México, Guatemala o Colombia. 223 millones de almas que, al contrario de lo que se podría suponer, han perdido el miedo porque nacieron con él y el miedo solo desaparece cuando cierran los ojos y el sueño se acurruca bajo los recuerdos.

A pesar del beneficio obtenido (entre 20-25 euros por vacuna), tanto la UE como los Estado Unidos, que son los mayores productores de viales, se oponen a compartir con la OMS la tecnología y la suspensión temporal de la propiedad intelectual para permitir que países terceros pudieran fabricar más dosis. Tampoco se ha permitido que la Alianza COVAX, que recoge más de 140 proyectos de vacunas en desarrollo, pudiera asumir los compromisos de muchos de los países menos favorecidos, siendo uno de los principales objetivos de esta Alianza la redistribución hacia migrantes y refugiados. La respuesta ha sido clara: nuevos contratos de las multinacionales farmacéuticas con los países de la UE y Estados Unidos, produciendo dos veces más por encima de lo que supone actuar sobre una población de 784 millones de seres, cuando solo África tiene 1.300 millones. Las cifras son contundentes, y nos obligan a repensar el modelo de economía y de sociedad que, bajo la excusa de la pandemia, estamos construyendo: el 60 % de las vacunas que se producen han sido adquiridas por los países más ricos, aunque éstos solo representan el 16 % de la población mundial.
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