ARTÍCULOS DE OPINIÓN

La conversión de Saulo de Tarso, también llamado Pablo, en su camino hacia Damasco.

Actualizado el 21/05/21 a las 19:34

Antonio Merino

Este episodio neotestamentario, muy reproducido por artistas barrocos del 1600, como Caravaggio, forma parte de esos sucesos bíblicos que se cebaban en las conciencias de los más pequeños al atravesar los parajes de las vidas de santos, mártires, apóstoles, vírgenes y eremitas.

Algo de todo esto sucede hoy día, como corolario de una pandemia que ya suena más a plegaria que a discurso de autoridades. Como diría uno de los personajes de Oscar Wilde, “pronto irás por ahí como el converso y el predicador, castigando a la gente por los pecados que te hicieron vivir a refugio de la falsedad”. Este personaje, que era pendenciero, tahúr  y “mala gente”, acabaría abandonado a su suerte desde la maldita página 123. 

Los conversos como Saulo, desparramado en el suelo por obra de un haz de luz, o el desgraciado personaje de Wilde, atormentado y solo, tendrían hoy feliz acomodo en una sociedad que se alimenta del  discurso de lo falso y de lo ajeno. Tener ideas, aunque sean de prestado, no implica satisfacer la razón, y más cuando está en desuso.

Me sigue sorprendiendo, quizás por ingenuidad manifiesta, que algunos filósofos, economistas y rapsodas de la modernidad, como Thomas Piketty, Amin Maalouf o Hartmut Rosa,  sostengan la apacible idea de que el paradigma liberal, asumido durante décadas por una visión agónica de la vida, nos demuestra que las desigualdades son esencialmente ideológicas y no económicas o tecnológicas.  Esto es genial, porque para estos conversos, trufados de un existencialismo lacaniano, su nueva concepción del mundo no la pueden explicar con los clichés y los tics de hace apenas dos días, cuando mostraban su apoyo a las políticas de Macron, o hacían campaña a favor del Brexit, o recomponían la maltrecha filosofía de Schopenhauer (ya saben aquello de que   “la existencia es sufrimiento y también contemplación estética”). Por eso necesitan acomodar su pensamiento a todo tipo de neologismos que nos pudieran distraer de lo real o de lo importante.  Cuando no sabemos explicar las cosas, más por ignorancia que por decoro, solemos añadir toda suerte de coletillas  como “esto es surrealista”, “kafkiano”, “berlanguiano”, o “distópico”. Palabra pronunciada con una fuerte carga ideológica, aunque lo más probable es que quien la pronuncie no sepa “qué coño es eso de la ideología”, como diría un respetado presidente de los Estados Unidos de América.

Con qué facilidad lanzamos al aire conceptos, ideas, pensamientos, que a buen seguro serán recogidos por los analistas del bar Ramón para convertirse en Executive Coaching,  o para escribir un libro como el que hace pan en las tardes de encierro.

Este país, por ejemplo, jamás fue moderno. Se lo impidieron hace 85 años el horror de los himnos y las banderas, bendecidas por las sotanas de lo  más negro de la civilización. Pero llegó un día en el que todos nos levantamos posmodernos. Tampoco sabemos muy bien qué es eso de la Utopía,  porque es improbable que suceda, pero ya estamos viviendo la Distopía.  Y  eso que al pobre de Thomas Moro, padre de la criatura utópica, le cortaron la cabeza por mucho menos.

Por suerte  ahí está Hegel, para salvarnos de lo racional  y de lo real,  que ahora se ha convertido en un submundo donde solo habitan los sujetos que han acabado por asumir su propia explotación de clase.  Esto es dramático porque la precariedad ya no es solo laboral o económica sino que va mucho más allá. Forma parte de nuestras vidas, de la forma de entender nuestras relaciones personales o sociales, de los entornos familiares o de los grupos etarios.  Es decir, una precariedad ética que apenas si la  podemos ver pero que lo empapa todo.

Porque todo está tan cosificado que incluso cuando hablamos de nuevos emprendedores o de autónomos, como figuras claves en el desarrollo económico y social de un país, no somos conscientes de que éstos ya han asumido que son parte del material de deshecho, o para ser políticamente correctos, mano de obra obsolescente que el sistema legitima y selecciona a lo largo de todo el proceso vital y vivencial del individuo. Ya no es solo trabajar para vivir sino vivir para trabajar, lo cual abre una brecha muy profunda en el pensamiento marxista del concepto de clase.  De esta forma el contrato social ha conseguido apropiarse de ese marco mental que construye lo que debería ser una vida con un mínimo de bienestar.

“!Es lo que hay”, se argumenta desde la barra de un bar antes de volver a un  piso de 40m2  donde conviven tres personas, con un contrato por horas,  mirando de reojo a través de la ventanilla del autobús  a esas personas que, no hace mucho, se saludaban en las aceras y aplaudían desde los balcones y que ahora, como cada jueves, empujan un carrito en las largas colas para llevar a casa la comida que apenas si alcanza para tanta dignidad.