Como actividad de intervención, desde el programa MIAS me animaron a lanzarme y escribir un artículo de opinión, relacionado con la salud y desde una visión de género.

Me decidí por el tema de la automedicación. Me había informado con artículos y entrevistas sobre ello, y había escuchado a la Dra Carme Valls, por lo que lo investigué desde esa perspectiva y aquí está el resultado. Muy interesante para mí todo lo estudiado y aprendido, espero que para los demás también.

Nos referimos a la automedicación al hablar de los medicamentos de venta libre que no necesitan receta médica, ni prescripción, son los llamados “Especialidades Farmacéuticas Publicitarias” (EFP). Aunque éstos se puedan dispensar sin receta no quiere decir que sean inofensivos para el cuerpo y perjudiciales en determinadas situaciones, ya que no dejan de ser medicamentos (De la Fuente, 2018).

Algunas de sus consecuencias desfavorables pueden ser: efectos secundarios, reacciones adversas, dependencia o adicción a los medicamentos, enmascaramiento de procesos graves y el consecuente retraso en un diagnóstico, interacciones con otros medicamentos o resistencias a los antibióticos. “Un mal uso es un abuso “(ICOMEM 2019)

A pesar de estas connotaciones negativas, la automedicación es el método más significativo de autocuidado de la ciudadanía, siendo una práctica extendida a nivel mundial, con cifras entre el 40% y el 90% en países tan dispares económica y culturalmente como España, Sudáfrica, India o EEUU. Esta frecuencia puede ser debida tanto a la presencia cotidiana de los medicamentos en dichas sociedades como, a la escasa cobertura en los servicios sanitarios. (Universidad de Granada. 2005).

En España, según el Ministerio de Sanidad, Consumo y Bienestar Social (2019), la demanda/venta y gasto en medicamentos sin prescripción representa más del 30% de las especialidades farmacéuticas adquiridas en la farmacia.
De acuerdo a los datos de la última Encuesta Nacional de Salud 2017, en España un 15,3 % (media por edades) de la población se automedica, siendo mayor el número de mujeres que de hombres. El consumo de tranquilizantes, relajantes o pastillas para dormir es relevante (13,9 % en mujeres y 7,4 % en hombres), así como el de estimulantes o antidepresivos (6,7 % en mujeres y 2,7 % en hombres). Se estima que el consumo de hipnosedantes es la única conducta adictiva donde la prevalencia es mayor en mujeres que en hombres (ENA 2017-2024).

Por otra parte, han acudido a la consulta del psicólogo, psicoterapeuta o psiquiatra en el último año un 6,1 % de mujeres, frente a un 4,6 % de hombres. Aunque los estudios indican peores condiciones de salud en las mujeres (problemas óseos, anímicos…) y usan más los servicios de salud, presentan mejores estilos de vida que los hombres. Ellos presentan indicadores más altos en obesidad, alcohol o tabaco. El gasto en analgésicos sin prescripción en España respecto al total de fármacos es significativamente del 20 % (www.revista.dgt.es Diciembre 2019).

A la vista de estos datos iniciales, indicadores de un mayor uso de medicamentos en mujeres, el propósito de este artículo es documentar la automedicación en la sociedad, desde una visión de género.

Hablamos de perspectiva de género como un recurso que nos muestra que las diferencias entre mujeres y hombres no se dan sólo por su determinación biológica, sino también por las diferencias culturales preasignadas a los seres humanos. Busca identificar, cuestionar y valorar la discriminación, desigualdad y exclusión de las mujeres y crear las condiciones que permitan avanzar en la igualdad de género. Nos ayuda a comprender más profundamente tanto la vida de las mujeres como la de los hombres y las relaciones entre ambos, cuestionando los estereotipos con que somos educados, y abre la posibilidad de elaborar nuevos contenidos de socialización.

Los factores más influyentes de la automedicación, según diversas investigaciones, son el tipo de síntoma, la edad y el sexo. En relación a éste último factor, la mayoría de estudios apuntan que el consumo de fármacos, prescritos o no, es superior en las mujeres. (Universidad de Granada. 2005).

Es importante remarcar las diferencias entre sexo y género, ya que no son sinónimos y, en ocasiones, la literatura científica los confunde. El sexo viene determinado por la naturaleza, lo físico, es una cualidad biológica; una persona nace con sexo. En cambio, el género es un constructo social y cultural, que es aprendido, y puede ser educado y modificado. Esto puede influir de forma decisiva sobre la automedicación, en función de los roles o estereotipos que la sociedad señala apropiados para las mujeres y los hombres (unaf.org.2014) (apoyopositivo.org 2015)

La perspectiva de género mejora la vida de las personas, de las sociedades y de los países, enriqueciendo todos los ámbitos productivos. Es decir, no se limita solamente a las políticas focalizadas a favor de las mujeres.
Con independencia de la situación laboral de la mujer en la sociedad, la asignación tradicional de roles de género ha permanecido. Esto ha dado lugar a la asunción de una doble jornada laboral por parte de la mujer. A fin de paliar esta situación, es necesario un reparto más equitativo de responsabilidades entre mujeres y hombres que llegue a eliminar esa doble carga. Las consecuencias para su salud son evidentes, y son motivo de múltiples consultas médicas, tratamientos y otras prácticas como la automedicación.

Si hablamos de la situación surgida a raíz del confinamiento por Covid-19, existen datos que nos indican un aumento del 20 % en el consumo y autoconsumo de fármacos desde el comienzo de la pandemia, que además afectan particularmente a las mujeres y que ellas están consumiendo más debido a sus condiciones vitales (Navarro.2020)
En muchos casos sus profesiones están asociadas con los cuidados: el 51.1% de los médicos/as son mujeres, al igual que el 85.1% de los enfermeros/as, el 70% de trabajadores/as en farmacias, el 90% de quienes limpian en empresas, hoteles y hogares y más del 85% de quienes atienden las cajas en los supermercados son mujeres. (itadsistemica.com 2020).

Con el teletrabajo, las mujeres han unido a su habitual doble jornada laboral anterior, (intentando compatibilizar las exigencias del trabajo remunerado con las del trabajo doméstico y/o cuidados), la atención de menores a tiempo completo, añadiendo el seguimiento de sus tareas educativas online, (concretamente un 15 % más que los hombres). Ellas han tenido un 20% más de fatiga mental que los hombres y un 16 % más de estrés y ansiedad. En el caso de familias monomarentales se incrementa hasta el 33 % de fatiga mental, el 18 % de estrés y se añade la soledad. (Observatorio Igualdad y Empleo, 2020).

Con prescripción y sin prescripción, el consumo total de tranquilizantes, sedantes o somníferos ha sido superior en mujeres (27,4% Mujeres – 15,9% Hombres), así como el porcentaje de nuevos consumidores (15,4% Mujeres – 8,8% Hombres). Se calcula también que alrededor de uno de cada tres enfermeras, médicas, limpiadoras, gerocultoras y auxiliares ha declarado estar consumiendo o autoconsumiendo psicofármacos o hipnosedantes durante la pandemia.

Respecto a la etapa pre-pandemia, su consumo ha aumentado en las limpiadoras del 16,9% al 34,7 %, en auxiliares de geriatría del 14,3% al 32,3%, en auxiliares de enfermería nada menos del 11,6% al 31,6%, y en médicas realmente se ha quintuplicado, del 6,9% al 34,7%. (Salas, Llorens, Navarro, Moncada. 2020)

En general, las mujeres autoconsumían más psicofármacos que los hombres desde antes de la pandemia. Ciertos estudios apuntan a que el malestar emocional de las mujeres ya podría estar en cierto grado medicalizado, y que en España siguen existiendo diferencias en los profesionales que las atienden, sean mujeres o varones, que se ven afectados por sesgos implícitos de la sociedad, llegando a condicionar, favorecer o limitar las estrategias de consumo (Henares, Ruiz y Mendoza.2020)(López, 2009).

Por eso, en el campo de la salud, la perspectiva de género puede ayudarnos a escuchar y comprender las distintas expectativas de mujeres y hombres frente al cuidado personal y los hábitos de consumo o autoconsumo de medicamentos.

Debemos matizar que el autocuidado y la automedicación no son sinónimos. Aunque los medicamentos son percibidos por los ciudadanos como un bien social al cual acceder, es necesario orientar hacia la “automedicación responsable”, consumiendo de forma adecuada los fármacos de venta libre para tratar los problemas comunes de la salud (Univ.de Valladolid. 2018) y estudiar alternativas de tratamiento no farmacológico (ENA 2017-2024). La educación desde la infancia generaría cambios en las conductas familiares a este respecto.

Existen interesantes programas funcionando que merecen la pena resaltar, ya que demuestran que, trabajar la educación sanitaria, la igualdad de género, la atención psicológica, la autoestima o ayudar a gestionar las emociones, proporciona recursos personales para sentirnos mejor y enfrentar situaciones difíciles o conflictivas, sea en adicción o en automedicación.

Podemos citar “Mujeres y Psicofármacos”, del área de salud de Don Benito-Villanueva de la Serena (Badajoz), o el Programa Emotius, en los institutos de Alcoy (Alicante). Ciertos autores sostienen que la atención psicológica en el sistema de salud no cuesta nada, aun incrementando el número de psicólogos, debido al ahorro que supone en fármacos e incapacidades (Frontiers in Psychology en 2015). Un buen psicólogo es la mejor “pastilla”. Su principio activo (educación emocional, restructuración cognitiva, técnicas de relajación, fomento de las aficiones, relaciones sociales y actividad física) se va liberando durante toda la vida y no tiene efectos secundarios. (Quijada. 2017)

Para profundizar en toda esta problemática de la automedicación, se han diseñado para este artículo dos encuestas: una para Oficinas de Farmacia y otra para público en general.

Los resultados del cuestionario a las Oficinas de Farmacia indican que los principales motivos de las mujeres para automedicarse son los dolores de cabeza, cansancio/decaimiento y problemas dermatológicos. Ellas acuden con bastante más frecuencia a la farmacia porque también se ocupan de la medicación de otros y porque se sienten más libres de preguntar información y resolver dudas. Además, llegan mejor informadas que ellos y conocen mejor los riesgos de la automedicación.

Ante un caso de automedicación, las oficina de farmacia coinciden en la previa y rigurosa información al paciente y/o recomendaciones alternativas en su caso (dieta, educación en salud, fisioterapia, ejercicio físico, gestión emocional, farmacovigilancia).

Llama la atención que la respuesta mayoritaria de las Oficinas de Farmacia a la pregunta sobre dónde suelen informarse los pacientes antes de automedicarse, sea Internet, seguido de familiares / amigos y finalmente la propia farmacia.

Respecto a los resultados del cuestionario para el público en general, la mayoría de los/as que han enviado respuesta son mujeres, con edades comprendidas entre 30 y 60 años y con estudios universitarios. Cuando se automedican lo hacen principalmente porque tienen suficiente conocimiento de esos medicamentos, cuando es enfermedad leve y porque buscan un alivio rápido de la dolencia, frente a las esperas para una cita médica.

Referente a la frecuencia, los porcentajes mayoritarios se reparten en tres grupos: una vez al mes, (coincidiendo con la menstruación), una vez cada 2-3 meses y menos de 5 veces al año. En esta muestra, la información para automedicarse la obtienen de experiencias anteriores (en ellas) y de la farmacia (en ellos).

Ambos usan medicamentos en lugar de productos naturales ante una situación de malestar, aunque es interesante saber que, frente a la automedicación, podrían contemplar otras alternativas ofrecidas, como algún remedio natural o educación en salud. Los analgésicos y antiinflamatorios destacan con diferencia sobre otras opciones.

Como inconvenientes de la automedicación, las mujeres temen que aumente la resistencia a los fármacos y el riesgo de abuso con posible dependencia posterior. Los hombres temen las posibles reacciones adversas. Tanto ellas como ellos consideran, en mayor o menor medida, que la automedicación perjudica la salud y que la falta de conocimiento la promueve. En general, se prefiere la rapidez automedicándose, a la tardanza en las consultas, aunque se reconoce que es preferible evitar esta práctica.

Serían muy deseables, por tanto, acciones positivas que fueran alternativas a la automedicación, como las campañas de formación sobre el buen uso, el fomento de estilos de vida saludables, con el descanso necesario, el ofrecimiento de ayuda psicológica y emocional …

En definitiva, podemos concluir, a la vista de esta exposición, que el género influye en la automedicación y que luchar por la igualdad es primordial para que las mujeres disfruten de un buen estado de salud.

 

“La ansiedad de las mujeres no se soluciona con pastillas, sino cambiando sus condiciones de vida“ ( Valls.2020).

 

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