OPINIÓN

El sexo y la ciencia

Actualizado el 04/02/22 a las 13:39

Profa. Dra. María Sáinz Martín

Presidenta de la Fundación de Educación para la Salud (FUNDADEPS)

Hace años que la campaña de “Sexo con seso” organizada por FUNDADEPS, Cruz Roja Juventud y la Sociedad Española de Ginecología tuvo un gran éxito entre la juventud española. Sus fines eran prevenir los embarazos no deseados, así como favorecer la información y educación afectiva y sexual a fin de prevenir las infecciones de trasmisión sexual y las posibles interrupciones del embarazo.

Se comenzaba a hablar del sexo con la naturalidad que le corresponde a una sociedad más abierta a los conocimientos científicos sobre la biología y su reproducción humana como mamíferos, pero sobre todo por la necesidad de llamar por su nombre correcto a las partes del cuerpo, especialmente cuando hablamos del aparato reproductor femenino y el masculino.

Me parecía que esa libertad concreta de la sociedad podría traducirse en avances científicos pues podríamos por fin segregar los conocimientos estadísticos, epidemiológicos y médicos en conocimiento sobre las personas en función de las variables de sexo y edad, junto con las del nivel educativo, el económico y otros de interés científico para la prevención de las enfermedades y la investigación.

Por ello, cuando comenzó a proliferar la palabra género para todo y como si fuera la panacea en lo relacionado con la segregación de datos estadísticos, me saltó la gran duda: ¿por qué llaman género a lo que es simplemente sexo?
Y me enfadé conmigo misma hace más de treinta años, por no tener más influencia en la cultura feminista para convencer o disuadir discursivamente del grave error de no segregar por sexo de mujer y de varón (esa es otra palabra decapitada en la actualidad) todo estudio estadístico sobre la salud y las enfermedades.

Siempre habíamos avanzado al poder diferenciar entre edades, niveles de educación, situaciones socioeconómicas, demográficas de etnias o razas, culturales y un largo etcétera, pero cuando por fin conseguimos que se pusieran las variables biológicas de los sexos para conocer estadísticamente por qué a las mujeres no se les diagnosticaban adecuadamente o enfermaban de manera diferente de los varones según patologías crónicas, nos viene la confusión de la palabra género.

Me reía de ese confuso significado de género pues hay muchos géneros, tanto en la literatura y en las artes como en las telas que vestimos, y solo se puede enclavar en ese gran concepto que entendemos como cultura humana. Tan diversa, tan rica y con tantas aristas para diferenciarnos y clasificarnos según el poder social, económico y cultural que tengamos.

Entendía y entiendo perfectamente la lucha incruenta e ideológica, desde hace tres siglos, del Feminismo por la igualdad entre mujeres y varones para erradicar la supremacía del valor de lo masculino sobre lo que fuera femenino (Machismo), porque produce unas diferencias sociales, económicas y culturales tan injustas como mortales para las mujeres a través de su máxima expresión como son las violencias machistas.

Cuando se habla de erradicar el género de la cultura machista y patriarcal que hace que las mujeres sean y se sientan inferiores de los varones de su especie, nos sentimos confusas porque en verdad lo que deseamos es erradicar la injusticia de esa cultura machista y patriarcal de las estructuras que conforman la sociedad desde las familias, las empresas, las escuelas, las iglesias, los ejércitos, las administraciones, y un largo etc.

El Feminismo busca la ayuda de la filosofía, de la ciencia y el conocimiento humano para demostrar que las mujeres y los varones deben ser sujetos de los mismos derechos y oportunidades desde que nacen hasta que mueren. Que el sexo masculino no es superior al sexo femenino, ni que el femenino es superior al masculino, simplemente son diferentes.

Aunque las feministas siempre hemos diferenciado la palabra sexo (biológico y genético) y género (lo social y cultural) en la sociedad patriarcal, como superestructura de más de veintidós siglos de poder, se ha encontrado la panacea en la confusión y fusión de ambas palabras. O sea, el sexo como género, pero con el sesgo machista y misógino.

Y como siempre algunas palabras son o se hacen tabúes. Hoy, si quiero decir que soy del sexo biológico mujer o varón (con carga genética XX o XY) y tener una sexualidad erótica con expresiones diversas permitidas, aceptadas y/o legalizadas en la sociedad y/o cultura donde hayamos nacido, pueden acarrearte tales problemas como a Galileo Galilei con sus descubrimientos físicos sobre la Tierra y el Sol: Eppur si muove.

La carga genética con la que nacemos se desarrolla desde la etapa embrionaria en las primeras semanas hasta nuestra muerte biológica. Por ejemplo, cuando recomendamos que las mujeres tomen 1 o 2 copas de vino en las comidas y los varones 2 o 3 copas de lo mismo, no lo decimos por fastidiar sino porque una de las enzimas hepáticas (denominada alcoholase) está para hacer el catabolismo y anabolismo de las bebidas con graduación dentro de nuestro hígado y es más abundante en los varones que en las mujeres. Y, además, suele funcionar mejor como enzima a partir de los 16 años o más. De ahí, el alto riesgo de coma etílico en los menores de edad.

Podría poner el ejemplo de las células de la piel, del pelo, del tamaño de los órganos y un sinfín de datos morfológicos, anatómicos, dermatológicos, endocrinos y sistémicos además de los órganos sexuales primarios y secundarios que se expresan con abundancia en la pubertad como es el aparato reproductor masculino o femenino. No solo la vulva y el pene, aunque bienvenidas sean estas correctas palabras en lugar de un sinfín de vocablos vacíos para referirse a las mismas con tal de no nombrarlas.

Y al igual que nacemos con unos cromosomas que determina nuestro sexo biológico, color de piel y rasgos anatómicos, simplemente como la mayoría de los animales de la Tierra que son mamíferos, también llevamos una carga genética heredada de nuestros padres, madres, abuelos y abuelas para ciertas enfermedades o predisposición para padecerlas (leyes de Mendel) independientemente de las posibles alteraciones congénitas durante la gestación y embarazo. El cuerpo humano es fantástico e indescriptible en su complejidad para este breve artículo.

También sabemos por historia y demografía, entre otros saberes, que nuestro cuerpo físico y mental si no se alimenta correctamente y muy específicamente como un ser social a través de la aceptación y respeto del grupo humano (familia, amigos, profesionales, etc.) puede fallecer por inanición o desatención durante los primeros años del desarrollo vital extra-útero.

Pero promover la salud humana desde la infancia hasta la vejez desde el concepto amplio y generoso que hizo la Organización Mundial de la Salud (OMS,1948) como “el estado de completo bienestar físico, psíquico y social y no solo ausencia de enfermedad o discapacidad” comienza por el cuerpo como estructura física, tan física como la tierra y el sol. Y esto, permítanme decirlo, no tiene mayor voluntad de discusión.

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