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El olvido de vivir

Actualizado el 04/05/22 a las 13:17

Antonio Merino

Consultor Internacional

“Me olvido de vivir si te recuerdo”. Pocas veces se ha escrito algo tan hermoso y cruel como estos versos del poeta Manuel Altolaguirre. En un instante la memoria queda al pairo del viento de lo que pudo ser o de lo que fue. Hay algo terrible en todo esto, porque tal y como ocurre en los andenes de las estaciones, las despedidas de los seres que amamos se convierten con los años en las zurrapas de la memoria, y aunque sepamos que jamás los volveremos a ver nos queda la infinita ilusión de poder regresar a ellos como si nada hubiera sucedido.

Porque en realidad es así, nada ha sucedido realmente hasta que se recuerda. Eso lo sabía muy bien Virginia Woolf. Entonces nos preguntamos, ¿tan frágil y vulnerable es la memoria que necesita alimentarse de lo recordado por otros? Para algunos neurocientíficos, como E. Loftus, las experiencias de nuestra vida no quedan grabadas en la mente, como tampoco el pasado puede rebobinarse. Son solo pequeños fragmentos que, con el paso del tiempo, se van desdibujando para recomponerse de una forma distinta a como sucedieron. El asunto es inquietante y bastante descorazonador ya que desmonta todo el romanticismo que encierra el sueño de la sinrazón, el que nos permite atesorar esas imágenes y esos olores que, cada cierto tiempo acarician una felicidad inconclusa.

Entonces podríamos preguntarnos, ¿a qué edad se tiene el primer recuerdo? ¿Qué recordamos de nuestros primeros años? Muchas veces creemos recordar vivencias o sucesos ligados a nuestra existencia, aunque lo más probable es que se trate de un relato que hemos escuchado en boca de nuestros padres o familiares. Ya desde finales del siglo XIX se venían estudiando los fenómenos de paramnesia, el famoso “déjà vu” que algunos sujetos recrean con una mezcla de alivio y de extrañeza, como si fueran un personaje más dentro de la saga de Matrix. Mal asunto si no podemos regresar al primer beso, a los olores que se colaban por los patios, al sonido de la máquina de coser de la abuela, a la nana que canturreaba la tía Luisa, a los pasos de padre hundiendo la bota sobre la madera del pasillo infinito. Mal asunto si confundimos los recuerdos con los sueños, porque de los recuerdos no se sale.

Es “la ilusión de la memoria”, como diría Julia Shaw (Universidad de Londres). La memoria entendida como una especie de cajón donde se mezclan los falsos recuerdos y los recuerdos que quedaron huérfanos. Pero también donde se registran y se almacenan los errores y los aciertos que ocurren y se suceden en el día a día.  A pesar de todas las posibilidades que nos ofrecen los mecanismos que actúan en nuestra mente, seguimos sin entender que lo humano no puede ocuparse de más asuntos de los que pueda asumir su coste cognitivo. Nuestra incapacidad para retener ese inmenso almacén de recuerdos, tarde o temprano ha de tener su impacto negativo en la secuencia de lo cotidiano, de cómo quieres vivir y de cómo quieres relacionarte con tu entorno, aunque ese entorno se contemple a través de una vieja fotografía en la que apenas si te reconoces.

Es cierto que, en muchos momentos del día, estamos más pendientes del móvil que de lo que sucede a nuestro alrededor. Al cabo de la jornada habremos sumado menos recuerdos de esa realidad invisibilizada. De esta forma, sin darnos cuenta, parte de nuestra memoria quedará anulada sin poder procesar los detalles de lo que hemos hecho o de dónde hemos estado. El recuerdo se convierte así en una rémora de lo real que solo utilizamos cuando ya no queda nada por decir o por hacer.

La memoria, sin lugar a duda, está experimentando una profunda transformación, incluso la distinción entre el recuerdo público y el recuerdo privado se está difuminando. Como afirma Brian Clark (Universidad de Western Illinois), “nuestro recuerdo es lo que circula en las redes”.

¿Qué sentido tiene fijar esos recuerdos si un dispositivo como Google los puede reordenar, recopilar, volver una y otra vez sobre ellos, incluso anular o destruir?  Es evidente que ya no vamos a necesitar recordar detalles menores porque estarán alojados en ese “cerebro externo” que es internet. Incluso los recuerdos más intrascendentes, los que en realidad nos agitan la vida, podrán almacenarse en nuestro asistente virtual. Ya no hará falta repasar las 4600 fotografías del móvil, o intentar recuperar un e-mail para volver a tener a tu lado a esa persona a la que jamás pudiste decirle te quiero por temor a desaparecer con ella.

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