Hace unos años, la actriz Angelina Jolie se sometió, de forma voluntaria, a una doble mastectomía para reducir las probabilidades de desarrollar un cáncer de pecho, dada su herencia genética por mutación del gen BRCA 1 que, según sus doctores del Cedars Sinai Medical Center de Los Angeles, portaba un 87% de riesgo de padecer cáncer de mama, y un 50% de padecer cáncer de ovarios. Y no fue la única, Otras actrices como Michelle Renaud, Sarah Koan o Ashley Tisdele también hicieron pública su decisión.

Estas estrategias no son nada comunes, pero tienen una gran repercusión mediática al tratarse de personajes famosos y con un alto poder adquisitivo. No olvidemos que una intervención de este tipo tiene un coste de 260.000 $. Cabría preguntarse si una mujer del barrio de Brownsville, en Nueva York, podría asumir este tipo de intervenciones. En este caso la casuística de mujer negra, pobre y sin recursos nos allana el camino para la toma de decisiones.

A veces las estadísticas se ponen “jalapeñas” y nos descubren que el concepto de clase no entiende de salud o enfermedad, pero sí nos señala que la pobreza es un indicador clave en el reto del envejecimiento de la población y en la esperanza de vida. Y esto es muy importante, ya que la mayoría de los avances tecnológicos en materia de salud, de inteligencia artificial, tienden a cumplir un desarrollo y un objetivo claro : intentar prevenir la aparición de enfermedades, pero ser pobre (con 263 millones de seres que viven con menos de 2 $ diarios) y hablar de prevención, a pesar de su contundencia científica, no encaja bien en el algoritmo de una realidad que se asemeja tanto al ciclo de vida de cualquier mamífero: nacen, crecen, se reproducen y mueren. De golpe nos hemos quitado de las estadísticas a esos 263 millones de personas que jamás podrán disfrutar de la atención de un médico, o hacerse una radiografía de tórax, o tratar la tos de un bebe de seis meses, o hacer el seguimiento de su maternidad. Entonces, ¿a quienes benefician estos avances?, ¿Cuáles son los grupos diana de las startups?, ¿de qué forma podemos hacer uso del desarrollo de estas nuevas herramientas?

I+D+i 

Dentro de lo que llamamos, de forma un tanto pomposa y arrogante, I+D+i (Investigación. Desarrollo. Innovación) se pontifica absolutamente todo. Muchos de estos proyectos a pesar de sus inversiones millonarias procedentes, en su mayoría, de fondos europeos, jamás verán la luz. Unos porque los costes acaban disparándose en el momento en el que entran en la fase de producción. Otros porque solo sirven de cara a las estrategias de marketing para captar nuevos nichos de mercado y generar otros productos que poco o nada tienen que ver con el desarrollo tecnológico. Algo muy común en la industria farmacéutica.

Aun así, lo cierto es que se sigue destinando más del 90% de los recursos humanos y económicos a sufragar la atención y los servicios que demandan las patologías y las enfermedades, pero los presupuestos en prevención primaria están limitados a estrategias de futuro, a pesar del ahorro significativo que supondrían estas mismas estrategias, por ejemplo, para la sanidad norteamericana, de unos 150.000 millones de dólares anuales.

Pero en realidad ese supuesto ahorro no existe, ya que se entiende como una inversión cuyos costes siempre van a recaer en los sistemas públicos de salud y en los pacientes. “No hay lucro – señalan – sino el deseo de proteger la salud de la población y mejorar sus servicios”. Y esto lo dice el responsable del Área de Salud de IBM, uno de los mayores inversores en IA y socio mayoritario de un partenariado formado, entre otros, por el grupo de seguros BUPA y la multinacional farmacéutica GSK. ¿No estaremos sobrediagnosticando al paciente, y con ello sobredimensionando los costes cuando se intenta eliminar la figura del médico/a o especialista al tratar cualquier síntoma o patología? Al sobrediagnóstico se suma el reto de tener a una persona constantemente monitorizada y controlada, ya que para muchas empresas la información que se obtiene sobre la salud de sus ciudadanos/as será determinante a la hora de obtener beneficios.

Todas las vías están abiertas, siempre y cuando el ciudadano/a tenga un seguro privado o pueda costearse, aunque solo sea como conejillo de laboratorio, un escáner de muñeca. Algoritmos que curan. Robots que recorren los pasillos de los hospitales con la imagen de la Dra., buscando a la paciente B214 que padece un fuerte dolor al respirar. Equipos de radiología capaces de leer miles de imágenes en tomografías computarizadas. Una medicina menos humana y más predictiva, donde el médico apenas si cuenta en el diagnóstico final, actuando más como un notario que certifica las intervenciones que como facultativo con capacidad para la toma de decisiones.

Sanidad ¿pública, universal y gratuita?

El enfoque no puede ser más político e ideológico. Sacando fuera el intervencionismo de los/as profesionales, la sanidad pública, universal y gratuita, se convertirá en un pequeño charquito en el que chapotean los pobres, los parados y las familias sin recursos. Ahora son los lobbies y las grandes empresas tecnológicas las que deciden la suerte de los ciudadanos/as. Solo por poner algunos ejemplos: Google ha accedido a decenas de millones de historiales médicos en los Estados Unidos. Con esa información podrá vender “a terceros” cualquier producto, o redefinir las estrategias de mercado de sus competidores. A partir de ese momento el ciudadano/a desaparece de las pantallas de los ordenadores para convertirse en un código de barras, como una res a la que van a sacrificar. La compañía Mountain View desarrolla un modelo para predecir la aparición de ataques cardiacos o derrames cerebrales, cuyo uso está condicionado a facilitar tus datos previo pago de una cantidad de dinero que ellos consideran como simbólica: 150 $.

También en la India (1.000 millones de habitantes) y en China (1.400 millones) están desarrollando distintas líneas de trabajo bajo el auspicio de hospitales privados de capital británico y de industrias farmacéuticas como MSD, principal productor mundial de genéricos.

En China, por ejemplo, ya es muy común encontrarse en las calles con las famosas cabinas, de color rojo obviamente, desplegadas por la aseguradora PingAn, el mayor holding de empresas del mundo, participada, entre otras, por Morgan Stanley, Goldman Sachs, HSBC, o ABN AMRO, las mismas que participaron de forma decisiva en la crisis financiera del 2008. Bajo el nombre de Good Doctor, a estas casetas de apenas tres metros cuadrados, acuden los usuarios tras cumplimentar un cuestionario con sus datos y la patología que padecen. Un sistema de IA contrasta toda la información con una base de datos que incluye 400 millones de fichas, y emite un diagnóstico y la correspondiente receta. El efecto de la “bata blanca” se ha sustituido por la voz cálida y melodiosa de R48 a la que, además, si no te gusta su diagnóstico podrás insultar o patear sin que nadie te denuncie.

La sanidad ya se está dibujando sobre el filo de la navaja de Ockham. ¿Un sistema a la carta? El paciente decidirá en qué momento quiere ser atendido, si quiere recibir el servicio presencialmente o en un chat, incluso elegir al profesional que te va a evaluar, aunque se encuentre en Barbados y tenga un título de obstetra obtenido en una academia situada encima de una peluquería de Bridgetown. No es poca broma. Para los ejecutivos de Accenture incluso será el paciente el que pueda escoger hacerse él mismo las pruebas desde su casa. Y todo “para que las consultas estén menos saturadas y que haya menos burocracia”.

Con este panorama tan maravilloso, que nos retrotrae a las viejas políticas de un capitalismo donde el valor de las cosas sustituye a las clases sociales, no es de extrañar que determinados personajes, no tan de ficción, como el Dr. Jekyll, puedan volver a pasearse por los hospitales, mientras su criatura Hyde, resuelve en los despachos acometiendo los últimos ajustes de un sistema ideado por la estulticia de determinadas políticas y de las multinacionales tecnológicas, más allá de la búsqueda incesante de esa inteligencia artificial ajena a una realidad que no entienden.