Muchas veces se ha dicho que si la ciudad de Dublín fuera destruida por un incendio, ésta podría ser reconstruida, piedra a piedra, siguiendo las páginas de un libro como el Ulises de Joyce. También es verdad que toda Lima cabe en un poema de Westplanen, y que desde el modernísimo discurso de Descartes el ser humano no ha dejado de interrogarse sobre el valor de las palabras, como si se tratara de un homenaje al prójimo o como el descubrimiento de ese instante que nos convoca a la ensoñación y al encuentro con uno mismo. Pero para algunos de nosotros, que nos dejamos llevar por los vapores de la tinta, estas mismas palabras encuentran en el libro, o mejor dicho en su memoria, una forma de ser y de estar en el mundo. 

Sin embargo, la memoria también es realidad y, a veces, hay quien tiende a convertirla en un fetiche formando parte del atrezzo de una determinada concepción cultural que trivializa todo tipo de valores, vaciándolos de contenido. Así, el ser reflexivo, el ético y el estético, el ser solidario y el ser capaz de habitar una nueva conciencia que formule actitudes y hábitos abiertos a las fronteras del pensamiento único, de la estupidez única, encuentra el vacío de la nueva sociedad mediática empeñada en acuñar nuevos términos globalizadores, clónicos y asemánticos, que mantienen al individuo fuera de su realidad más inmediata. La posibilidad de pensar, de razonar,  de reinventar la utopía (sueño de locos y de poetas), se puede convertir en algo «políticamente incorrecto», ya que el hecho de situarse frente a un libro supone, de entrada, una forma distinta de entender el mundo. 

La lectura se convierte así en un verdadero agente social capaz de cuestionar contenidos ideológicos, leyes de mercado, hechos diferenciales, actitudes xenófobas y racistas, proporcionando las herramientas necesarias para situamos fuera de esa ambigüedad críptica que, con cierta arrogancia desarrollista, vienen a ofrecemos, día a día, los argonautas mediáticos. A la ley de Murphy (implantada y desarrollada con notable éxito) le sucedería en su orden natural la ley de Roberts: la tostada de mantequilla cae siempre de canto. Una forma, «políticamente correcta», de decimos que el medio ya no es el mensaje sino el mensajero. Un mensajero convertido en telepredicador de la sociedad de jauja, donde la cultura se desvanece en el laberinto de lo virtual, en el bazar de las obviedades, de las repeticiones fofas y banales, en la digitalización de un tiempo en el que el «todo vale» asume los paradigmas del conocimiento y de la creación. 

A resultas de todo este proceso endogámico, los robertsianos de nuevo cuño hacen suyo los parámetros posmodemos para reelaborar (mutatis mutandis) un nuevo manifiesto dadaísta: nada de ideologías. Nada de historia. Las clases sociales se difuminan y el ombligo eurocentrista se hace grande, enorme, inmenso, proyectando una estela (modelo de ordenación único y totalizador) que las corrientes neoliberales extienden, como si se tratara de una nube de CO2, hacia los eslabones más débiles de la cadena social. Así, el foso entre listos y tontos, aplicados y rebeldes, ricos y pobres, se universaliza. La occidentalización de esta realidad, y su aplicación directa sobre el escenario educativo y cultural, son bastante elocuentes. En los Estados Unidos, por ejemplo, existen 65 millones de analfabetos funcionales y 17 millones de analfabetos absolutos. En Europa, un 19% de la población es analfabeta funcional. En España, sin ir más lejos, el 96% (entre los 18 y los 30 años) jamás hace uso de una biblioteca, y el 42% no lee nunca, ocupando el penúltimo lugar en Europa en cuanto a índices de lectura. Otro dato sintomático de esta anemia es el que sitúa a nuestro país con un 6% de analfabetos absolutos y un 27% de analfabetos funcionales, de los cuales 3 de cada 4 son mujeres, con especial incidencia en las zonas rurales. (Fuente: Consejo de Cooperación Cultural Europeo). 

Curiosamente, hace tiempo que se abandonó la idea según la cual las poblaciones tenían «otras necesidades» más inmediatas que las de instruir o fomentar las culturas autóctonas de cada región, país o nacionalidad, como primer naso hacia la asunción de sus necesidades, recursos y posibilidades. Existe pues una relación directa entre desarrollo y educación: la eficacia de las campañas sanitarias es muy escasa en las poblaciones sometidas a un alto nivel de analfabetismo; la mortalidad infantil disminuye cuanto mayor es la instrucción y el nivel cultural de los padres; la productividad siempre es correlativa a la alfabetización de las poblaciones, evidenciándose en las zonas rurales y en ese cuarto mundo que se extiende por las grandes urbes. 

A mayor nivel educativo, menor índice de desempleo y marginalidad. Esta será, en gran medida, la batalla que tendrán que afrontar las sociedades respaldadas por políticas de carácter global, y no sectoriales, abarcando la educación, la sanidad, el mercado de trabajo, los servicios sociales, y, sobre todo, completando un mapa cultural donde cada ciudadano o ciudadana pueda sentirse miembro de su comunidad civil sin tener que interrogarse sobre sus diferencias en sociedades donde aún se está lejos de la plena igualdad de oportunidades, marcadas por el antagonismo de sectores de clase bien diferenciados. 

Ni que decir tiene que ante los nuevos retos, incluido el fundamentalismo tecnológico, donde navegar por internet o hacer zapping a través de sesenta canales de televisión se convierte en una nueva alquimia, el libro, como marcador de salud de un pueblo, ha de seguir creando escenarios de participación y de diálogo. Para ello sería necesario, en primer lugar, reformar las políticas que tienden a romper la cadena educativa por el eslabón más débil (favoreciendo a aquellos sectores que muestren un mayor dinamismo económico) cuando la cultura y la educación no pueden entrar en los mercados de la oferta y la demanda como si se tratara de abrir una tienda de frutos secos o de instalar un quiosco de feria. Mal endémico que viene a unirse a esa falta de flexibilidad de nuestro sistema universitario que impide y sanciona el desarrollo integral del individuo. De ahí que los estudios de humanidades se encuentren caca vez más alejados del campo de las ciencias, rompiendo ese tejido cultural (como revulsivo económico y social con capacidad para absorber el mercado de trabajo) que desde las distintas disciplinas humanísticas, literarias y científicas nos aportan sus propios diseños y desarrollan sus aplicaciones más inmediatas. 

Pero tampoco olvidemos que formamos parte del engranaje del sistema de libre mercado, donde muchas veces la especialización sustituye a la formación, produciéndose, en aras de un desarrollo especulativo, más de lo que se consume («la pornografía de la cantidad», como ha señalado Vicente Verdú). Así, el libro, como metáfora de cultura, adquiere el mismo valor de mercado que un paquete de mantequilla o un saco de arroz. Esto es, hay excedentes en Europa pero la gente se muere de hambre en la zona de los grandes lagos. La cruel paradoja del sistema también se vuelca contra el libro, ya que anualmente se publican en todo el mundo cerca de dos millones de títulos (de ellos 50.000 en España), pero los índices de lectura son alarmantes, destruyéndose cada año, sólo en Europa, ochenta millones de ejemplares debido al ingente stock acumulado. 

¿Dónde quedan pues las palabras, la estética del hombre tranquilo, los creadores de profundidad, la humanización de lo efímero, la ética de lo cotidiano? La pregunta no deja de tener sus respuestas, algunas de ellas con una fuerte carga ideológica, pero siguiendo la línea del cuestionamiento dialéctico de las cosas, del día a día, yo me quedaría con esa imagen vivida en el aeropuerto de Barajas, a las 8.30 de la noche de un día de invierno, contemplando al Dr. Patarroyo, padre de la vacuna contra la malaria, con su mirada lúcida frente a una solitaria taza de café, mientras una nube de periodistas, ajenos por completo a su presencia, cercaba a una infeliz cuyo mayor y único mérito en la vida es ser hija de una duquesa. ¿Cabe entonces reflexionar sobre una simple anécdota que, de tanto repetida, refleja en sí misma los cánones éticos y estéticos de una sociedad que fagocita cualquier propuesta dirigida a provocar en el individuo la osadía de la duda o la agudeza de la reflexión? Pero reflexionar significa pensar, contemplar, detenerse, mirarse hacia adentro para incidir en esa realidad que exalta lo humano, que lo incita, lo cambia o lo justifica. Por eso, el sólo hecho de pasar las páginas de un libro transforma el propio gesto mecánico en una nueva propuesta de convivencia. Es entonces cuando, sin darnos cuenta, las palabras empiezan a llenarse de olores, de abrazos, de recuerdos, de nombres y de ciudades, de juegos, de asombros, de sueños y de complicidades. Son ellas, las palabras, las que nos devuelven la magia de las cosas más humildes y cotidianas, las que nos acercan o nos alejan del primer beso y de la última tiritona, las que nos abren los balcones de la alegría para festejar, como diría Cervantes, los papeles rotos de las calles. 

Después de todo, cada uno de nosotros somos como un gran libro de cuentos que nunca dejaremos de leer, aunque a veces, sólo a veces, nos invada esa extraña sensación de haber pasado inadvertidos sobre la última página en blanco.

 

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