En el año 2008, según se publicó en el “Anuario del Tercer Sector de Acción Social en España” (Fundación Luís Vives), los gastos de las entidades del Tercer Sector (Fundaciones, ONG, ONL) representaban el 1,69 % del PIB del Estado español. Hoy, ese gasto representa el 1,84%. Sólo en las entidades de acción social trabajaban más de 530.000 profesionales (el 2,7 % del mercado laboral), con un potencial real de 900.000 personas que realizaban tareas de voluntariado. Actualmente, esas cifras han variado. Así, son más de 1 millón las personas que realizan tareas de voluntariado, dando trabajo a más de 640 profesionales (un 2,9% del mercado laboral). Un 90 % de dichas entidades desarrolla sus acciones dentro de una sola Comunidad Autónoma, con un perfil bajo en tamaño y en presupuestos pero muy activas y dinámicas.

Ya entonces se ponía el énfasis en la debilidad de muchos de los proyectos ejecutados, debido fundamentalmente a la planificación a corto plazo, la falta de estructuras organizativas bajo gestión integral de los propios recursos, tanto humanos como técnicos, y un excesivo “apego” a las Administraciones Públicas que se convierten en pagadores de ventanilla única con lo que se crea una dependencia excesiva a los vaivenes políticos y económicos del gobierno de turno, sobre todo en cuanto a las Administraciones Locales, Provinciales y Autonómicas.
 

Hablamos de este Tercer Sector, centrado en la acción social, al que cabría sumar el de las Fundaciones y Organizaciones del ámbito sanitario, por ejemplo, donde la operatividad es todavía más compleja y cuyos recursos, siendo mucho mayores, con una alta especialización, están sufriendo una devastadora parálisis ante el contexto de crisis, más por la propia inercia en la transformación de sus prioridades que en las políticas de recortes o en la búsqueda de mayores beneficios y rentabilidad a corto plazo. El dictado, bien aprendido y que se repite como una letanía, de que “lo que hoy me sirve mañana no me interesa” refuerza la incertidumbre que se ha generado en este Tercer Sector, como pilar del mal llamado “Estado del Bienestar” (nunca hemos tenido un Estado del Bienestar) en el que las necesidades sociales o los mecanismos de defensa de los derechos de los ciudadanos a defender una Sanidad Pública y Universal quedan relegados a un falso testimonio de los pregoneros que suscitan el oprobio de los que ya no tienen nada que perder.

Si, como hemos señalado, en el año 2008 trabajaban en este Tercer Sector más de 530.000 personas, hoy día un tercio de estas personas ha perdido sus puestos de trabajo y la sociedad, todos y todas, ha perdido buena parte de ese tejido social que alimentaba todo lo conquistado treinta años atrás. Asimismo, más de 3.600 organizaciones han desaparecido en menos de cuatro años. Resulta elocuente que lo que antes llamábamos Política Social se haya transformado en Servicios Sociales. Las palabras tienen tanta carga ideológica que a muchos (y no es una conceptualización lingüística) les cuesta trabajo pronunciarlas.

Con todo ello parece evidente que las necesidades sociales aumentan y se incrementa el número de personas que viven en la exclusión social más brutal.  No hay lugar para ellos. No existen o no figuran en ningún documento administrativo que, al menos, les reafirme como personas, ya que hace tiempo que dejaron de existir como ciudadanos.

Tarde o temprano buscaremos la aprobación del otro, del amigo, del hermano, del compañero de trabajo, de los hijos.  Tarde o temprano nos daremos cuenta de que ese otro ya no está, ha desaparecido o se ha transformado en una metáfora de la realidad y entonces, mirándonos al espejo, observaremos cómo nos devuelve la mirada con un simple gesto de aprobación.

¿Necesitamos reafirmarnos en lo obvio?  ¿Necesitamos del otro para seguir avanzando?  Las cosas no se explican por si solas, pero hemos llegado a un punto en el que los conceptos  se trastocan y las preguntas y las respuestas se abordan con toda banalidad a golpe de click en los twitters  de cada mañana mientras mojamos las noticias en un triste tazón de café. Solo nos queda la duda y como viejos filósofos del tiempo hemos aprendido a vivir con ella.  Todo lo demás está aún por llegar.

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En el año 2008, según aparece recogido en el “Anuario del Tercer Sector de Acción Social en España” (Fundación Luís Vives. 2010), los gastos de las entidades del Tercer Sector (Fundaciones, ONG, ONL) representaban el 1,69% del PIB del Estado español.  Sólo en las entidades de acción social trabajaban más de 530.000 profesionales (el 2,7 % del mercado laboral), con un potencial real de 900.000 personas que realizaban tareas de voluntariado. Un 90% de dichas entidades desarrolla sus acciones dentro de una sola Comunidad Autónoma, con un perfil bajo en tamaño y en presupuestos pero muy activas y dinámicas.

Ya entonces se ponía el énfasis en la debilidad de muchos de los proyectos ejecutados, debido fundamentalmente a la planificación a corto plazo; la falta de estructuras organizativas bajo gestión integral de los propios recursos (tanto humanos como técnicos); y un excesivo “apego” a las Administraciones Públicas que se convierten en pagadores de ventanilla única, con lo que se crea una dependencia excesiva a los vaivenes políticos y económicos del gobierno de turno, sobre todo en cuanto a las Administraciones Locales, Provinciales y Autonómicas.

En el caso concreto de las Fundaciones y Organizaciones del ámbito sanitario, la operatividad es todavía más compleja y sus recursos, siendo mucho mayores y con una alta especialización, están sufriendo una devastadora parálisis ante el contexto de crisis. Esto es así más por la propia inercia en la transformación de sus prioridades que por las políticas de recortes o la búsqueda de mayores beneficios y rentabilidad a corto plazo.  El dictado, bien aprendido y que se repite como una letanía, de que “lo que hoy me sirve mañana no me interesa” refuerza la incertidumbre que se ha generado en este Tercer Sector, como pilar del mal llamado Estado del Bienestar (nunca hemos tenido un Estado del Bienestar), en el que las necesidades sociales o los mecanismos de defensa de los derechos de los ciudadanos a defender una Sanidad Pública y Universal quedan relegados a un falso testimonio de los pregoneros que suscitan el oprobio de los que ya no tienen nada que perder.

Si, como hemos señalado, en el año 2008 trabajaban en este Tercer Sector más de 530.000 personas, hoy día un tercio de estas personas han perdido sus puestos de trabajo y la sociedad, todos y todas, ha perdido buena parte de ese tejido social que alimentaba todo lo conquistado treinta años atrás. Asimismo, más de 2.600 organizaciones han desaparecido en menos de un año.  Resulta elocuente que lo que antes llamábamos Política Social se haya transformado en Servicios Sociales.  Las palabras tienen tanta carga ideológica que a muchos (y no es una conceptualización lingüística) les cuesta trabajo pronunciarlas.

Con todo ello, parece evidente que las necesidades sociales aumentan y se incrementa el número de personas que viven en la exclusión social más brutal.  No hay lugar para ellos. No existen o no figuran en ningún documento administrativo que, al menos, les reafirme como personas, ya que hace tiempo que dejaron de existir como ciudadanos.

Tarde o temprano buscaremos la aprobación del otro, del amigo, del hermano, del compañero de trabajo, de los hijos. Tarde o temprano nos daremos cuenta de que ese otro ya no está, ha desaparecido o se ha transformado en una metáfora de la realidad y entonces, mirándonos al espejo, observaremos cómo nos devuelve la mirada con un simple gesto de aprobación.  ¿Necesitamos reafirmarnos en lo obvio?  ¿Necesitamos del otro para seguir avanzando?  Las cosas no se explican por sí solas, pero hemos llegado a un punto en el que los conceptos se trastocan y las preguntas y las respuestas se abordan con toda banalidad. Solo nos queda la duda y, como viejos filósofos del tiempo, hemos aprendido a vivir con ella.  Todo lo demás está aún por llegar.

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