Corren malos tiempos para las personas que habitamos este mundo. El estallido de las burbujas financiera (a nivel global) e inmobiliaria (en el caso español) han traído al primer plano la crisis, que cada día impacta de forma más acusada en nuestra vida cotidiana. Si la crisis llegó para quedarse, al menos por algún tiempo, uno de los desafíos más grandes que tiene nuestra sociedad es hacerle frente, no sólo para aminorar los impactos sociales y económicos sobre las personas, sino sobre todas las cosas para que ese impacto no se manifieste en términos de pérdida de salud y calidad de vida de nuestra población.

Decíamos en nuestra columna del año pasado que las empresas debían actuar con responsabilidad en la promoción de la salud de sus propios trabajadores, usuarios o consumidores. Y lo hacíamos destacando la plena vigencia de dos principios de la bioética constitutivos del juramento hipocrático de los médicos: uno, el de no maleficencia, que significa simplemente no hacer daño; otro, el de beneficencia, que no es otra cosa que buscar el bien (y sin mirar a quién). Ahora que algunos quieren aprovechar la crisis como coartada para actuar dejando de lado estos imperativos éticos, quienes nos desempeñamos en el mundo de la salud pública podemos garantizar que se trata de tomar decisiones saludables no sólo porque así “debe ser”, sino porque además es lo más rentable para las empresas.

LA SALUD ES RENTABLE

¿Qué pueden hacer nuestras empresas y organizaciones por la salud de las personas en tiempos de crisis, cuando se ven a abocadas a tomar decisiones en las que muchas veces está en juego su propia supervivencia? Pues, básicamente, entender que el principal capital de una organización, cualquiera sean sus fines, son las personas, sus recursos humanos. Aunque muchos directivos prefieran en estos tiempos exprimir al máximo sus recursos, aumentando la carga de trabajo y haciendo sentir la presión sobre el personal, lo cierto es que esa situación suele terminar por machacar a las personas y acaba siendo contraproducente tanto en términos de su salud personal (que se deteriora) como del rendimiento laboral (que decae).

Quienes tienen que tomar decisiones sobre el funcionamiento de las empresas deben tomar plena conciencia de que unos trabajadores saludables –esto es, físicamente sanos, satisfechos con el entorno laboral en el que trabajan y comprometidos con el equipo que integran- son el principal potencial con el que podrán hacer frente a la crisis. Aunque muchas veces se olvida, los primeros “clientes” de una empresa son sus propios trabajadores por lo que una empresa comprometida en materia de Responsabilidad Social Corporativa debe empezar por garantizar la salud de quienes la componen. La eliminación de rutinas y procesos laborales que deterioran físicamente al trabajador; el respeto de los derechos laborales en cuanto a condiciones y horarios de trabajo, con especial énfasis en la conciliación de la vida personal y laboral, incluso en tiempos de crisis; y la mejora de los ambientes laborales, garantizando que estén libres de humo del tabaco y bajando las presiones a las que se somete a los trabajadores son algunas de las acciones que se pueden impulsar hacia estos clientes internos.

En tiempos en que la realidad amenaza con llenar de incertidumbre el futuro de muchas empresas y organizaciones, apostar por la salud es el mejor antídoto contra la crisis.

(Este artículo fue publicado en el Dossier «Salud Responsable 2009», elaborado por Empresa Responsable).

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